MI HISTORIA AL ENCUENTRO DEL AMOR

¡A mí, cultivar mi propia autoestima me ha cambiado la vida!

Seguramente no podría hablarte de esto con tanta seguridad si no lo hubiera vivido en mi propia piel. Dicen que uno se hace maestro de lo que necesita aprender, y en mi caso es así. Te cuento…

Desde pequeña, mi madre tenía muy presente el tema de la autoestima. Leía libros de psicología y hacía lo que podía para mantener mi autoestima fuerte. En aquella época estaba de moda el refuerzo positivo, así que me felicitaba y se ocupaba de decirme todo lo que hacía bien para que me sintiera orgullosa de mí, y recuerdo que siempre me decía cuánto me querían independientemente de lo que hiciera o de las notas que sacara.

Mi padre cada vez está más sensible con los temas emocionales, pero digamos que cuando era pequeña lo que él creía que era mejor para mí y mi hermano era una educación muy estricta, con broncas y gritos cuando no conseguíamos los resultados que él esperaba, o hacíamos cosas que le molestaban. Crecimos con la idea de que todo pasa por el esfuerzo y ponía mucha atención a lo que no estaba bien y a lo que podíamos mejorar.  Nunca dudé de que me quería, pero tenía clarísimo que así no era como necesitaba sentir su apoyo y su amor la niña sensible que yo era.

Me doy cuenta de que ha sido un lujo sentir en algún momento de mi vida que me quieren incondicionalmente. Es como si biológicamente se estableciera un registro de que eres amada profundamente por lo que eres y así luego puedes ir a buscarlo porque de alguna manera tus células se acuerdan, tu alma lo sabe. Y luego, en otros momentos donde cuesta conectar con este amor por ti misma, puedes recordar que este amor es posible. Así que quiero aprovechar para agradecerle a mi madre esta buena base amorosa que me ha permitido entender lo que significa la palabra incondicional.

Un día, mucho más adelante, en un curso de acompañamiento emocional en la infancia revisé cómo había sido yo acompañada de niña y me di cuenta de que en realidad enseguida aprendí a ser lo que mis padres esperaban de mí para ser querida, que en realidad me desconecté de mí para ser la niña buena y la hija perfecta. Aprendí a no sentir muchas emociones porque mis padres no las podían acoger porque sufrían si yo lloraba, porque la rabia no se podía expresar y el miedo se racionalizaba. Aprendí que daba igual lo que yo sintiera, que lo importante era que todos estuvieran bien y que me amaran.

Después viví experiencias tanto en el colegio como en la adolescencia con algunos novios y algunos amigos que me hicieron tambalear un poco, y me puse alguna máscara para protegerme inventándome algún personaje para ser querida y respetada. En esa etapa, empecé a dudar mucho de mí y de mis capacidades, escondí toda mi sensibilidad y mi capacidad de amar detrás de una personalidad muy mental y racional basada en garantizar la seguridad y la supervivencia personal. El precio fue encerrar muchísimo el corazón y las emociones, porque mostrarlos o amar dolía demasiado.

Y así, durante unos años no me fue mal, aprendí un montón de recursos para relacionarme y para vivir, aprendí a sonreír, a observar mucho a la gente para hacerlos muy previsibles, afiné mucho mi intuición, aprendí a ser la que hacía falta en cada situación o con cada persona, dejando de ser yo con tal de ser aceptada y con tal de ser amada.

A los 34 toqué fondo a raíz del final con una pareja a la que amé mucho. Fue uno de esos momentos en los que se te desmorona todo e, irremediablemente, me cambió la vida. Entré en crisis y lo puse todo en duda, a mí desde un lugar muy profundo y a toda mi vida. Todo dejó de tener sentido y renuncié a todo: a continuar trabajando de psicóloga, a vivir en pareja, a ser madre… Renuncié a todo lo que había dado por bueno hasta entonces. Renuncié incluso a decidir hacia dónde debía continuar y me entregué al presente del no saber para dónde ni por dónde.

Hasta que descubrí el verbo aceptar. Acepté la muerte, acepté la separación, acepté la crisis, acepté que no sabía nada y que era muy pequeñita. Y esto no era mucho, pero me permitió dejarme de pelear con mi realidad. Se acercaba año nuevo y a mí me gusta plantearme objetivos cada año y me dije: “¡Este año, voy a aprender a amarme incondicionalmente!”

Y así fue como empecé a investigar a tope sobre la autoestima, a reunir información de lo que ya sabía, me leí un montón de libros sobre el tema y poco a poco fui trazando un plan personal. Me fui a vivir sola, empecé a escribir mucho y en 2 meses me empecé a sentir mucho mejor conmigo misma y empezaron a llegar las certezas.

Quería continuar trabajando de psicóloga, me convertí en la persona más importante de mi vida, aprendí a cuidarme y a aceptarme profundamente. Fue como volver a conectar con mi energía. Luego apareció el hombre de mi vida y en seguida pensé que podía compartir todo lo que había encontrado con muchas otras mujeres. Ese mismo año creé el primer curso de autoestima que fueron 12 semanas y fue tan bonito lo que ocurrió con aquel grupo de mujeres que decidí continuar este proyecto y hacerlo crecer.

La vida a veces tiene propósitos misteriosos. ¿Quién sabe qué hubiera pasado si no hubiera vivido una crisis como la que viví? Seguramente no hubiera desarrollado todas las habilidades que tengo ahora, la capacidad de cuidarme, de tratarme bien, de mirarme con amor… Y seguramente no me hubiera dado cuenta de que la autoestima fue lo que lo cambió todo. De dentro hacia fuera. Estoy segura que la autoestima fue el ingrediente mágico que necesitaba incorporar en mi vida y llegó para cambiarlo todo. Puede que suene a tópico, pero ¡si tú cambias, todo cambia!!

Ahora soy feliz, me encanta mi vida, y como todavía tengo mucho que aprender en esto de aprender a amarme incondicionalmente, creo que por un tiempo voy a seguir dedicándome a esto.

PE Recent Posts

SUBSCRIBE A LA NEWSLETTER